alexandra

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Monday, 15 June 2015

Made in Yugoslavia - Milan Mladenovic


Todo lo que podríamos haber hecho si el día hubiera sido más largo.....
Jadranka Stojakovic
Esto imaginé redondo,esto que me ronda creado
Esto que me ronda rompió, en viento bastardo plantado.
Viento piensa, viento sabe, todo lo sabes tú y yo
Él me ama, Él me  lleva, Él me rompe..
Como cansado, y soy viejo, como dosdno también sabe
Este circulo he creado y otra vez,
Él me ama, Él me  lleva, Él me rompe..
Como ban, como permisos, como partido, como el aburrimiento...

Milan Mladenović se marchó de este mundo tal como se fue Yugoslavia
de los mapas políticos, de manera repentina. Fue integrante de dos de
los grupos más ilustres de los años 80: Šarlo akrobata y luego más tarde
de Ekaterina velika (EKV). Nació en Zagreb en 1958, desde muy joven
vivió en Sarajevo y luego se mudó a Belgrado durante los años 70. Joven
e imprevisible, fue el embajador de una generación alocada y vibrante, tal como era el país, tal como era la escena musical yugoslava durante los años 80.  Un músico yugoslavo por definición.
Tenía un aire juvenil y errático, con un punto si se quiere de indolencia comedida. Con los parietales rapados, era sereno y tranquilo,
pero vesubiano e irreverente en el escenario. Él, como toda su generación, era un torrente de imaginación y descaro.
Cuentan los que le conocieron que mientras la locura de una noche
de alcohol y drogas desnortaba a todo un grupo de músicos, él era capaz de apartarse a un lado con un libro y leer como si nada le pudiera distraer. Era su mundo interior un gran subconsciente musical. 
Su enorme talento le tuvo iluminado incluso en las sombras más cenicientas de su existencia, aunque siempre se sintiera más cómodo en la oscuridad que regala Belgrado a los artistas de la noche. Era éste su propio hábitat, abrigado con su chaqueta de cuero negra paseando por las calles de la capital yugoslava.
Es la cara más reconocible de una escena musical irrepetible, pero también de la tristeza de los instantes finales de Yugoslavia. Si el comienzo de los años 80 es el momento de auge musical para Mladenović, el comienzo
de los años 90 fue la otra cara de la moneda, pero por circunstancias que él, aunque quiso, nunca pudo controlar. Como el mismo expresó su deseo era despertarse y que todo lo que había ocurrido fuera un «mal sueño».
A comienzos de 1992, junto con miembros de dos grupos memorables,
Partibrejkers y Električni orgazam, montó un grupo activista llamado
Rim-ti-tu-tu-ki.
 Organizaron un concierto con la idea de promover la propaganda antiguerra que, debido a la negativa del gobierno de Slobodan
Miloševic a que se celebrara en algún lugar público, se convirtió en un paseo por las calles de Belgrado en camión y lanzando camisetas y CD a la gente. La iniciativa estaba repleta de buenas intenciones, pero era un acto a la desesperada. Un punto esperanzador en un océano de indiferencia. Una situación que no debió de ser fácil para él, entre acusaciones que le tildaban de traidor y demás recriminaciones típicas de los tiempos de guerra. En 1993 se negó a participar en Banja Luka (Bosnia y Herzegovina) en un concierto porque días antes había habido un atentado contra la mezquita Ferhadija.
 Mladenović continuó con su causa, dando conciertos en el extranjero y haciendo pública su oposición a la guerra.
No obstante, el cantante yugoslavo se fue embriagando de ese efluvio quejumbroso que enajena a los artistas cuando son unos incomprendidos.
Como el final de una historia triste pero lírica, el mejor rockero entre los poetas, y el mejor poeta entre los rockeros, como le ensalzan todavía muchos, glorificó el talante libre y espontáneo de una generación eterna. Pero lo hizo todavía  más con su despedida. Milan Mladenović murió de un cáncer de páncreas en 1994, pocos meses después de que exhalaran sus últimas melodías en un concierto en Budva (Montenegro). Dušan “Koja” Kojić, miembro también del grupo Šarlo akrobata, dice de Mladenović: «nadie puede convencerme de que lo que pasó no tiene relación con el tiempo en el que vivió».
El hogar yugoslavo se había consumido. Los recuerdos se convirtieron en polvo llevado por el viento, que es lo único que le queda al individuo cuando el final del recorrido vital está más cerca y la acción solo se desarrolla en la mente y no en el cuerpo. Es la tragedia de una época donde los que fueron yugoslavos dejaron de ser yugoslavos, obligados a llorar un vacío existencial que nadie les podría compensar. Todas esas identidades yugoslavas fueron borradas de un plumazo, como si no tuvieran ya ningún valor, como si ser yugoslavo fuera solamente una rareza del pasado. Ahora, Mladenović, como si fuera un reactor inagotable de partículas nostálgicas, dispara sus recurrentes melodías y nos recuerda con su vida el talante de uno de los yugoslavos más insignes.

1 comment:

Giga said...

Beautifully you've described the late artist. You made him tribute. Regards.