alexandra

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Friday, 17 April 2015

Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar,que ès el morir

Los encuentros entre los seres humanos a menudo lo veo así son como el cruzarse de trenes que pasan a toda velocidad en la profundidad de la noche. Son fugaces, apresuradas las miradas con las que intentamos ver a los otros, sentados detrás de los vidrios opacos a la luz crepuscular, que desapare-cen de nuestra vista antes de que podamos distinguirlos. 
Cada mirada del otro, cada intercambio de miradas, ¿no es como un brevísimo, fantasmagórico encuentro de miradas entre viajeros que se cruzan, ensordecidos por la velocidad impensable y el golpe del viento que hace temblar y resonar todo? ¿No se deslizan nuestras miradas sin detenerse sobre el otro, como en un veloz encuentro nocturno, dejándonos atrás sin otra cosa más que conjeturas, pensamientos fragmentarios, presuntas descripciones? ¿No es verdad acaso que no son los seres humanos quienes se encuentran, sino las sombras que proyectan sus propias representaciones?
La distancia que nos separa de los otros se vuelve aún mayor cuando cobramos conciencia de la diferencia entre la percepción que tienen los otros de nuestra forma exterior y la percepción que logramos a través de nuestros propios ojos. No miramos a los seres humanos como miramos las casas, los árboles o las estrellas. Miramos a los seres humanos con la expectativa de poder enfrentarnos a ellos de determinada manera y así hacerlos parte de nuestro propio ser íntimo. Nuestra imaginación los recorta de manera tal de poder adaptarlos a nuestros deseos y expectativas, pero también confirmar en ellos los miedos y prejuicios propios. Nunca llegamos, seguros y libres de prejuicios, a la forma externa de otro. Nuestra mirada se desvía, se enturbia, porque intervienen los deseos y los fantasmas que nos convierten en quienes somos, seres especiales e inconfundibles.
¿Es el alma un espacio de hechos reales? ¿O lo que suponemos hechos reales no son más que las sombras engañosas de nuestras historias?

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